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Su vida
Rubén Bonifaz Nuño nació en Córdoba (Veracruz) y estudió derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) entre 1940 y 1947. En 1960, empezó a enseñar latín en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y recibió un doctorado en Arte y cultura clásica en 1970. Bonifaz Nuño publicó traducciones de las obras de Catulo, Propercio, Lucrecio: De la natura de las cosas, Píndaro, Ovidio: Metamorfosis, Arte de amar y Remedios del amor, Lucano, Virgilio: La Eneida y las Geórgicas, Julio César: Guerra gálica, Cicerón: Acerca de los deberes y otros autores clásicos al español. Su traducción de 1973 de la Eneida fue aclamada por la crítica.
Fue elegido miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua el 19 de agosto de 1962, tomando posesión de la silla V el 30 de agosto de 1963. Bonifaz renunció al cargo el 26 de julio de 1996.[2] Fue admitido en el Colegio Nacional en 1972 con el discurso de ingreso "La fundación de la ciudad".[3] Fue ganador del Premio Nacional de Literatura y Lingüística en 1974.[4]
Su obra
Traducciones
Eneida (1973)
Arte de amar, Remedios del amor (1975)
Metamorfosis (1979)
De la natura de las cosas (1984)
Olímpicas (1990)
Hipólito (1998)
Ilíada (2008)
Ensayos
El amor y la cólera: Cayo Valerio Catulo (1977)
Los reinos de Cintia. Sobre Propercio (1978)
Poesía
La muerte del ángel (1945)
Imágenes (1953)
Los demonios y los días (1956)
El manto y la corona (1958)
Canto llano a Simón Bolívar (1958)
Fuego de pobres (1961)
Siete de espadas (1966)
El ala del tigre (1969)
La flama en el espejo (1971)
Tres poemas de antes (1978)
De otro modo lo mismo (1979)
As de oros (1981)
El corazón de la espiral (1983)
Albur de amor (1987)
Pulsera para Lucía Méndez (1989)[5]
Del templo de su cuerpo (1992)
Trovas del mar unido (1994)
Calacas (2003)
Uno de sus poemas
PARA LOS QUE LLEGAN A LAS FIESTAS
Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;
para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;
para los que fueron invitados
una vez; aquéllos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta
ya mucho después de entrados todos
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;
para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;
para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados
los que no tendrán, los que no pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.